Sunday, December 21, 2014

Un mosto, sin mierdas


Yo soy ese tipo de persona que prefiere meter toda la mano en el vaso para sacar el limón que beber con tropezones...Para mí, el cacho de roscón de reyes que ha llevado la frutita confitada encima está contaminado para siempre, y me da igual que me quites la frutita...

Soy esa persona que se tapa la nariz para beber el zumo de naranja.

Bueno... ¿Adonde quiero llegar con todo esto? A mi catarro.
Los catarros y los sabores de naranja son cosas que están unidas, tan unidas como la nocilla negra a la nocilla blanca.

Empezaré por el principio de los tiempos... el foco de mi desgracia, el bebecín que vive conmigo.
Todos sabemos que tengo un sistema inmunologico que es la envidia, pero claro, esto han sido años de entrenamiento de rechazar los químicos y confiar en el poder de mi cuerpo... (la farmacia, ese gran desconocido... excepto con los dolores de mujer que los carga el diablo y ahí si que es necesaria la ayuda quimica, pero ese es otro tema)
Total que nunca me enfermo. Pero claro, vivo con gente que si les soplas en la cara se ponen malitas...y el bebecín enfermó. Y como en casa no hay vasos, porque no hay, pues bebemos a morro de la botella y la compartimos... total que por chula me entró un catarrito.

Yo lo llevaba bien, pero claro, vuelves al hogar y tienes una madre catastrófica que bien podría ser farmacéutica porque te automedica como si supiera, se educa con la tele.
Yo reniego de las medicinas, pero cuando estoy al borde de la muerte las tomo encantadísima porque chico... no me gustará la ensalada pero el sabor del espidifren sí, que le vamos a hacer, nunca he sido normal.
Total que, madre, sabiendo que me opongo firmemente al frenadol y su sabor a naranja, buscó otro producto... especifico para el catarro. Bueno, pues eso de que es peor el remedio que la enfermedad es cierto... no es que sepa a naranja, no, es que sabe a naranja y media.
Cada vez que oigo la cuchara chocar con las paredes del vaso, sé que viene mi cóctel bomba... y sufro.

¿Porqué se empeñan en que todo sepa a naranja? ¿Porqué?


Sunday, December 7, 2014

Historia de una despedida con bajo contenido en drama


Hay cosas que cuesta hacer por el factor 'echar de menos'..
En mi caso no son pocas porque yo soy muy de coger cariño... (o acumular mierda)

Hace un par de meses tenía yo unas botas de esas que hablan, de las que se desconoce ya su color original y que además, no eran de mi número... pero yo las quería. Un día me hicieron feliz.
Las botas en cuestión ya no servían ni de pisapapeles... pero el afán que tengo por acumular recuerdos materiales hasta que me coman, me hacía tenerlas ahí. Ni siquiera eran ya un 'por si acaso me las pongo algún día' porque estaban hechas pedacitos.
Normalmente uso los zapatos hasta que noto el suelo con los pies, los jerseys hasta que tienen tanta bolas que no se distingue el dibujo que había debajo y las camisetas hasta que me están pequeñas porque he engordado (A veces llega mi madre y me lo tira antes de llegar a ese extremo de mendicidad) No sé si tendrá que ver que no me guste ir de compras, que la moda vaya en dirección opuesta a mi gusto o el 'echar de menos'.
Me desvío. Las botas seguían ahí, no eran ponibles ni bonitas, pero seguían... solo por si algún día las echaba de menos.

Un día me levanté de la cama y me dije: Ana, la gente se muere y esas botas se van a la basura.
Y lo hice. Y me sentí mal por si las botas tenían sentimientos y estaban tristes de que las hubiera mandado a la basura (Ojo, esto es cierto... yo empatizo hasta con las botas, tengo serios problemas).

Para que la gente normal me entendáis... es como cuando tienes un novio, marido o algo así con lo compartes vida y discutes todo el día y vives un infierno... pero no le dejas 'por si le echas de menos'.
Esto pasa.

Pero he venido a hablar de lo último a lo que he dicho adiós...
Había algo que formaba parte de mí, que creció conmigo... que amé y maltrate. Mi pelo.
No dejaba que las tijeras se acercaran a él... tenía pánico a cortarme las puntas según la medida 'dos deditos' de las peluqueras...
Pensaba cuanto echaría de menos hacerme trenzas, peinados victorianos y ponerme las puntas de colorines... Sabía que algún día tendría que cortármelo y pensé que lloraría.
El caso es que un día empecé a dar vueltas al asunto... ¿Me lo corto o no me lo corto? Cuando me lo desenredaba pensaba: Me lo corto. Cuando lo tenía peinado pensaba: Bueno no.
Y así. Pero era la primera vez que de verdad estaba haciendo una lista mental de pros y contras.

Un día me levanté de la cama y me dije: Mira Ana, te lo cortas ¿Esta coleta de ratilla ya para qué?
Y así lo hice, me aguante toda la semana el pensamiento en la cabeza y acudí a la maestra capilar.
Me dijo que estaban a la moda las melenitas como justo por encima del pecho... Pero yo había ido a jugar, si me cortaba el pelo... me lo cortaba, además a mi eso de la moda... Me sorprendí diciéndola que me cortara todavía más.
¿Quien era esa tía que estaba allí sentada con su pelo metido en unas tijeras? ¿Era yo?
Para mi sorpresa estaba hasta relajada viendo cortar mechones kilométricos.. no lo entendía porque cuando me cortan el flequillo me pongo más tensa que un gitano robando cobre.

Me puse el abrigo sin tener que tirar del pelo para sacarle por fuera, me bailaba la melena... Oye, pues no estaba tan mal tener el pelo corto... No había sido un trauma... ¡Y la de tiempo que había estado sin cortármelo por si lo echaba de menos!
Hasta la frutera (persona que tiene mi edad y fue a clase conmigo) me dijo que qué mayor estaba. Ojo, me lo dijo como quien se lo dice a un niño de 11 años, hasta mi madre alucino un poco.


Moraleja: Es mejor echar de menos que echar de más. Y que me quiten lo bailao.