Monday, August 11, 2014

El antihéroe no siempre es un villano y a veces vende sombreros.


Esta es la historia de la niña que se quemó (otra vez) en la playa... sí, esa niña soy yo.

Ya sabéis como va eso de quemarse... una nace con piel de princesa, se echa crema por un tubo porque no está interesada ni en ser morena, ni en que se le caiga la piel a tiras, pero da igual, porque se quema.
Por si mi vida fuera ya poco dramática, soy consciente de que necesito vivir a la sombra... pero mira, no. No estaba dispuesta a marginarme arrimada a un rinconcito de la pared mientras la gente reía al sol, total que me la jugué y perdí, claro.

Gané en diversión pero luego me vino la factura del sol en forma de mucho dolor, fiebre y paranoia..
Como me gusta empezar la historias por el final, así lo haré.. pero era necesario mencionar la parte de la quema.

Volvía al hogar con mucha pena en el cuerpo y una mochila de la altura de un niño de 9 años y el peso de uno de 6 que desayune bollería industrial, cargada en la espalda.
Ya nos conocemos la historia porque siempre ocurre así.. las piernas fallan, pierdes el equilibrio y vuelcas con la mochila.. pero está vez caí de lado.

El Hancock sin dientes de Ribadesella observó la escena y enseguida vino a rescatarme, consiguió ponerme derecha y luego, intentó arrancarme los brazos... La niña de nombre comestible decía que me dejara entre risas, una familia observaba el espectáculo..
El hombre retorcía mis brazos quemados con fuerza.. no había forma de soltarme de sus garras, estaba inmovilizada. Al fin, con ayuda del pensamiento de supervivencia que tengo y con la ayuda de nadie, logré zafarme de aquel dudoso héroe gritando muy fuerte la palabra mágica: DOLOR, como si fuera una sirena de ambulancia.

Mis brazos aun no se han recuperado y pesan como si fueran de otro.. escribo esto haciendo grande esfuerzos.

P.d. Los hombros luego me olían a bacon.